Évènements culturels latins à Paris

Boceto para un des-Nudo de Memoria

Dioscorides dibujo en tinta china

(Extractos del relato original escrito en conmemoración de los 120 años de la Escuela de Bellas Artes, una memoria personal sobre los 34 años vividos en el campus de la Universidad Nacional de Colombia).

Por Dioscórides Pérez (Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia)

Marylin par Andy Warhol

….Acepté el complicado encargo, advirtiendo que hacer un relato para desnudar tan desparramadas experiencias no ofrecía garantía lineal…

Con la idea de hacer un des-nudo de las reminiscencias, agarré de inmediato una cuerda y le hice un amarre talismánico a la memoria para invocar los buenos recuerdos y un nudo ciego para inventar los olvidos. Pero como dibujar una buena crónica podría tardar meses, decidí intentar un boceto de fin de semana, donde con trazos rápidos pudiera rescatar las huellas de sucesos acaecidos en un tiempo envejecido y expresar los albures del tiempo presente.

Este ritual de invocación exigía restringir fechas y trastrocar el orden de los calendarios para poder engarzar los sucesos en una suerte de rosario. Pero necesitaba una señal que desplegara la escritura oracular de las revelaciones.

Este viernes de difuntos, en la plazoleta de Artes, bautizada por la generación de la TV como Plaza Sésamo, un grupo de estudiantes se arrojó al piso entre siluetas de tiza y cintas de seda morada y permaneció varias horas bajo la lluvia en un performance donde invocaron la memoria de los muertos por la violencia del país. Desde la Plaza Central, custodiada por la imagen del Che Guevara, desbigotado durante la última restauración estudiantil, irradiaba un espíritu lúdico, musical y creativo que reemplazaba la desmadrada bacanal del aquelarre de otros años..

…La cuerda se anuda y el boceto va surgiendo….Entre este aroma de rituales y memorias, y en medio de tormentosos aguaceros, la Escuela realizó el rito de paso a los que nacerán para las artes en el año siete de este milenio. Cien aspirantes fueron citados al examen específico de habilidades, sensibilidad y abstracción, para realizar una prueba de dibujo, hacer un volumen, escribir un texto, y responder una entrevista.

El tema era el concepto de repetición e imitación en las artes, ilustrado con fotos de la Torre Colpatria, la Rebeca, Monserrate, la plaza de San Victorino, los cerros orientales, una fila de postes de la avenida El Dorado y una foto de ciclistas en la ciclovía. El escrito debía basarse en la observación crítica de la foto cédula de Marilyn Monroe y de los repetidos rostros de esa monita pintados por Andy Warhol. Todo se ofrecía en parchoso blanco y negro, y los aspirantes podían responder en cualquier técnica.

Estefania grabado de Dioscorides

Esta prueba, que llevaba años repitiendo variadas preguntas sobre Las meninas de Velásquez y El grito de Munch, proponía para esta ocasión una mirada introspectiva hacia el entorno urbano de la capital. El cambio provenía de los jóvenes artistas en cuyas manos está ahora la Escuela, una generación llena de vida y de sueños que tendrá la responsabilidad de señalar los derroteros de las artes del país y de sembrar en las nuevas generaciones lo que será la estética de este siglo incierto, que hereda los odios y las guerras del pasado, pero que augura las más sorprendentes utopías terrestres y cósmicas en medio de la inevitable paradoja del deshielo y la sequía…

El grito de Munch

Las Meninas Diego Velazquez

…Me llama la atención que este anudamiento de la sincronicidad señale hacia México, pero creo que esto resulta inevitable al hacer memoria sobre nuestra identidad popular, cuyas viejas raí- ces se hunden en el cine mexicano de rancheras charrasqueadas, de abaleos entre acaballados sombrerones, del Zorro dibujando zetas con su espada, del Santo peleando contra momias, hombres lobo y vampiros, de Kalimán, el hombre increíble, de los chistes gagos de Capulina y Cantinflas y de la protección del Chapulín Colorado para las últimas generaciones. Y en las bellas artes, con la fuerte influencia de sus muralistas; de las pinturas de Tamayo y los dibujos de Cuevas; del espíritu de Frida Khalo, que bellamente nos ronda, y de los monstruos zoomorfos grabados por Toledo, que parecen escapados del mundo mágico del viejo chamán Juan Matus. No es gratuito que tres de nuestros mejores escritores vivan y escriban en esas tierras del Popol Vuh, el tequila y el atole. A mí, por un pelo no me bautizaron como Vasconcelos, apellido del notable escritor de Oaxaca, quien había dicho: “Por mi raza hablará el espíritu”. Mi madre finalmente eligió el nombre del más famoso médico yerbatero griego.

Estas imágenes de identidad me hicieron recordar cómo la ayuda de mi madre para hacer la tarea escolar de dibujar una bruja se convirtió en mi primera lección de arte; ella, al tiempo que nombraba las características de una hechicera, la iba trazando con el lápiz sobre el cuaderno rayado corriente. “Así se dibuja una bruja, mijo –me dijo – ahora échele los colores a su gusto”. Entonces entendí que dibujar era cuestión de ver con la imaginación; el resto lo hacía el sentimiento y la mano. Ese fue el único dibujo que ella hizo en su vida, sin imaginar que se convertiría en un juego de espejos.

A partir de ese momento eché colores a los santos de la historia sagrada, y las ilustraciones de La alegría de leer; dibujé para mis amigos todos los héroes de las historietas y los próceres, un Cristo para una tía, una canasta de frutas para una vecina, los tres del calvario para la parroquia, varias mujeres desnudas para un zapatero, y la foto de una novia secreta para mí. En el colegio hice a tinta china todos los animales de la zoología, desde el plasmodio hasta el desconocido ornitorrinco; todas las plantas, desde la matica de fríjol hasta la inmensa secoya; y sobre las camisetas blancas de mis compañeros pinté con pincel y laca negra el rostro del Che.

Luego, en la Sociedad de Amigos del Arte de Pereira, recibí lecciones de perspectiva de Omar Gordillo, torero y dibujante, que tuvo la suerte de irse a México a trabajar sobre un andamio al lado de Siqueiros. Pero la maldita álgebra de Baldor, curiosamente compilada por un cubano, me mató. Me gustaban mucho las ilustraciones de esos barbados de turbante, hechos en chillón tecnicolor, pero la combinación de números y letras eran para mí como el crucifijo para un vampiro. Entonces, con la libreta militar en el bolsillo de la camisa, abandoné la casa paterna. Llegué a la fría Bogotá tarareando Una flor para mascar del “comandante” Pablus Gallinazo, tratando de encontrar el nido de las artes, sin conocer el orinal de Marcel Duchamp, quien en esos días falleció. Pero encontré la Universidad Nacional cerrada. Así que durante un año me volví un nómada de la carrera séptima, desde El Automático, café donde los viejos poetas y artistas tomaban tinto y fumaban pielroja, hasta El Cisne, cafetería donde los nadaístas fumaban marihuana, se burlaban de la iglesia y comían de vez en cuando un plato de pasta para poder enfrentarse al grupo “Piedra y Cielo”. Y desde la calle de los hippies, detrás del Hilton, hasta el parque de la sesenta.

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Caminé como ingenuo observador entre esa colorida y humeante escenografía surrealista, silbando ‘Café y petróleo’, con ‘Boquita de chicle’, hasta que se me rompieron los zapatos. Después, castigado con saco y corbata, trabajé como cobrador de letras, lavador de tornillos en una ferretería, diseñador de estufas a gas, dependiente de una librería y muralista en un oscuro prostíbulo.

Siete años más tarde, durante mi primera exposición individual en la galería El Callejón, recibiría un beso en la mejilla del incendiario poeta y escritor Gonzalo Arango y hablaría con él un día entero sobre los monstruos que rondaban su infierno personal, que en esa época, acompañado de Angelita, ya conjuraba con meditaciones y rezos en el monasterio del Ecce Homo de Villa de Leyva. En un segundo encuentro me contó que el “Ángel del silencio” le había aconsejado renunciar a la violencia verbal; entonces dejó el nadaísmo en otras manos, y se declaró libre en el amor de Jesucristo. Firmó y me regaló su místico libro Fuego en el altar, ilustrado por su compañera.

Me extrañó el discurso del “profeta”, pero me conmovió la placidez de su espíritu. Lástima que el compromiso de reunirnos pronto para iniciar un proyecto creativo se frustró, pues, dos lunas más adelante, un desbocado bus de flota se lo llevaría al cielo esmerilado de los excomulgados. Hoy, treinta años después, en compañía de Ricardo Arcos, realizamos las entrevistas a un grupo de aspirantes a artistas, verificando sus respuestas sobre el tema de la repetición e imitación. Recuerdo que en mi época no había prueba de aptitudes ni presencia ante un jurado. La suerte se resolvía en dos agotadoras jornadas contestando cientos de preguntas sobre conocimientos generales y matemáticas, en la que desde siempre ha sido la más dura prueba de admisión del país. Ahora se contestan doscientas difíciles preguntas en tres horas largas, y un buen puntaje permite a una minoría pasar a la prueba específica de Artes…

…Confiando en que cada día traerá un mejor albur, quiero desatar un nudo de garganta, diciendo que muchos de los que estudian ahora en nuestras aulas sufren de un extraño desencanto para el que debemos encontrar remedio; los oprime el espacio, los acosa el tiempo, sufren el vértigo del vacío, tienen al alma y la mano atadas al celular y la oreja a una caja de música; una situación preocupante para los profesores, pues estos, gracias a su permanente contacto con las generaciones que van llegando y que aportan sangre nueva y renovados imaginarios a la Escuela, rejuvenecen sus espíritus y vivifican su creatividad para reinventar mitos y tradiciones, y empujarlos, a la vez, hacia nuevas utopías.

Diosco y monjitas..en los 60's

Las tareas sobre el cuerpo, la imagen y las formas que se deben proponer en estos primeros escalones del milenio no son fáciles de estructurar pues se deben atrapar con el ojo mecánico, ahora eléctrico, de las cámaras de foto y video, configurarse numericamente en los esquivos espacios virtuales usando el photoshop y el flash, consignarlo en los blogs, vincularlo todo al laberinto de los hipertextos e instalarlos con codigos fractales sobre las “telas” de cristal líquido para que viajen por la red hacia millones de abonados que en tiempo real exprimen significados, devoran imágenes y exigen desde ya una libre interaccion con los sentidos y la motricidad. La senal ya estaba dada: Mandrake conversa con teledibujos laser, Dick Tracey ve todo en su reloj de pulsera mientras en lejanas tierra los filoosofos anuncian la muerte del arte; Rendon mata al Fantasma con la lanza de un pigmeo, los mitos tienen logo de zapato tennis hecho en China o Corea, los dioses se ocultan al llamado de los hombres, los paraísos estan contaminados por la politica, el diablo es borrado de los imaginarios y toma su puesto la máquina Google, que todo lo sabe, que todo lo hace por nosotros.

Afortunadamente, en este purgatorio de llamas y piedras rodantes, podemos agarrarnos a la serpiente que se muerde la cola y reemplazar el lápiz de mina por el digital sin sentir más que la nostalgia del papel del lápiz y el papel, porque su textura y su aroma ya vienen en camino por la linea invisible del Intenet. Propongo para todos una sobredosis de artes orientales del movimiento y la respiración y gotas de catleya como lenta y florecida terapia que nos ilumine la intuición, abra la imaginación, despierte la lúdica y nos incite a nuevas creaciones.

Le Serpent et Dioscorides

El cielo ha desatado lluvias por tres días seguidos y arrojó rayos y centellas sobre el campus. El viejo pino que servía de pajarera a mirlas, tórtolas y a mis colibríes ha caído sobre el prado, abrazando con sus chamizos el círculo donde practicamos el Taichi. Curiosa señal para mí, que, parodiando a Lao Tse, me encuentro a punto de atravesar la gran muralla. Confirmándola con el I Ching, cierro este texto y en silencio anudo mis tres mejores deseos. Por ahora estoy protegido por Salomé, mi alebrije de papel maché, y un colibrí azul, pero seguramente, en el año 2036, cuando uno de mis alumnos digite los hipertextos de las memorias para la celebración de los 150 años de la Escuela, ya habré escuchado recitar en mi oído sordo el bardo Todol, y seré sólo el recuerdo de un dibujo, un grabado, la imagen fotográfica de un performance, o el eco de un extraño cuento chino. Y quizás me prepare para intentar con más paciencia e imaginación otro retorno.

Dioscorides en tinta china
Por eso, a los que conservan la capacidad de asombro, a los que continúan inventando utopías y juegos creativos, y a los desencantados, se me ocurre mostrarles la imagen de esos devotos tibetanos que cada día realizan sin precipitud performances circulares de oración alrededor de la montaña del Potala, tallando con sus pies sobre las piedras del camino el dibujo de un inmenso y significante mandala.

Hago esto para ilustrar el hexagrama Fu del “Oráculo de los Cambios”, cuya voz originada en concha de tortuga dice: “El movimiento es circular, cíclico. No hace falta, pues, precipitarse artificialmente en ningún sentido. Todo llega por sí mismo, tal como el tiempo lo requiere”. Para todos, como talismán de protección, de salud y de imaginación, he traído como regalo un dibujo del rostro de mi alebrije, cuyo original se encuentra expuesto entre los textos, objetos, dibujos y grabados de mi instalación bautizada como “El gabinete de las tres memorias” recogidas del campus, traídas de China y Amazonas. También hay allí un oráculo que incita a la pregunta. Con este doble nudo chino, mis manos terminan de atar los coloridos cabos sueltos de mis memorias, pero si he olvidado a alguien le doy disculpas. Hago lo mismo con quienes se sientan mal amarrados, pero les aseguro que este dibujo de des-nudo no está atado con el nudo de la mala fe.

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