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Colombia : crónica de una paz anunciada por Dioscórides Pérez (2a.parte)

Los Primeros momentos de la Paz, al concluirse el acuerdo histórico

 

 

 

Firma de la paz en la Habana                   Un grupo de las Farc en el Caqueta, comienza proceso reintegracion
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irma del Acuerdo en la Habana     Las Farc comienzan el desmantelamiento en el Caquetá

Forjando las nuevas generaciones para la Paz ( una crónica de Dioscórides Pérez Bedoya, profesor titular de la Universidad Nacional).

La paz, dice un hombre con pinta de intelectual, “no está a la vuelta de la esquina; los acuerdos plantean muchos interrogantes y la propuesta duros desafíos, pero no por ello debemos descartarla sino hacer esfuerzos para implementarla”.

Es verdad, la paz no va a ser alegre y fácil, demorará meses y tendrá sus aplazamientos. Como dice el letrero que tiene colgado del paisa Teodoro en su tienda: “Hoy no fío, mañana sí”. Alguien, no se sabe desde dónde, grita: “La paz está herida”. Y un hombre de barba, que lleva boina ladeada y agita una bandera del M19, dice duro para que lo escuchemos todos: “No es la paz la que está herida, es la guerra”. Y levantando el índice agrega, “Este acuerdo es un inmenso paso en el camino de la paz, pero la guerra es animal grande y duro de matar. Hoy se le da en la nuca al putosaurio, pero mañana ¡Seguramente nos asustaremos con el cuero!

De eso, ya estamos advertidos por Augusto Monterroso, quien cuenta que: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Algunos entienden la cita del cuento más corto de la literatura y sonríen; los jóvenes echan cabeza y piensan en el conocido “meme” con la  imagen de Steven Spielberg posando junto un  triceratops que acaba de asesinar. Vale.

Las arengas se mezclan con la trasmisión televisada del canal institucional, que muestra la llegada a la mesa de los presidentes amigos del tratado. La mayoría aplaude y agitan consignas cuando ven llegar a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y al comandante “Timochenko”. Pero se eleva una rechifla general con hijueputasos y gritos de asesino para el presidente de México Enrique Peña Nieto. Cuando en camisa cruza la pantalla el presidente Juan Manuel Santos la gente no muestra mayor emoción; es natural, ayer mismo amenazó con subir los impuestos si la guerra continuaba. El temor es arma de doble filo contra un pueblo que recela.

El sol del mediodía cae vertical sobre sombrillas y banderas. Entonces suena el Himno Nacional de Colombia y todos los presentes enderezamos la espalda y sin pena inhalamos y le hacemos coro al canto. La trasmisión, que falla con frecuencia, se congela pero igual todos seguimos cantando a capela, enfatizando que cesó la horrible noche. Cuando la señal regresa toca devolverse para cogerle el ritmo a la estrofa, que desde la isla llega muy lenta y a veces parece una colcha de retazos. Todos estamos desfasados por el afán que tenemos de que finalmente se firme el fin de la guerra.

La Paz Si!

Aunque todavía hay desconfianza y cautela entre los que estamos aquí. “Yo prefiero la ilusión de la paz a la certeza de la guerra” dice Marcela Pilla. Ya los expertos en tratados señalan que, con base en lo sucedido en los tratados de paz de Sudáfrica, Ruanda, Irlanda y El Salvador, tendremos que aprender y practicar la compasión, la tolerancia, el perdón, y como dicen en sentido figurado a tragarnos horribles sapos. A pesar de que Juan Carlos Henao, rector de la Universidad Externado y uno de los asesores jurídicos del Gobierno dice que este es el acuerdo de paz más completo que se haya propuesto hasta ahora en el mundo. Me muevo hacia el sur.

Tengo que estar cambiando constantemente de lugar entre el público, pues donde quiera que me detengo me soplan por la espalda o en la cara una nube de humo de cigarrillo, y yo prefiero aire limpio y los rabos de nube. Mi padre, que se salvó y nos libró de la violencia de “los pájaros” lo mató el pucho del pielroja. Una mujer, y después un hombre que tampoco alcanzo a identificar, leen el contenido de los acuerdos del cese al fuego, la dejación de armas, las zonas de verificación internacional, la reparación de las víctimas del conflicto, la justicia restaurativa, la refrendación del tratado… Imagino, porque entre la algarabía y los gritos no se escucha del todo bien.

Entonces, estallan aplausos y algunas bombas de helio. El animador del sitio pide que estas bombas festivas sean las últimas que estallen en el país a partir de hoy. El secretario de la ONU, Ban Ki-moon, inicia su discurso en español; después, la voz fuerte y vibrante de Raúl Castro golpea las vidrieras de la séptima, y la voz pausada de “Timochenko” masajea las vísceras de la masa. Desde mi sitio, las imágenes que llegan desde la Habana se ven cortadas entre los paraguas, las bombas de colores, y las banderas que se agitan al viento. Y se ven rayadas con la lluvia de confeti que arrojan, picadillo de colores que se anida en los pelos crespos de las muchachas y en mi barba. Las voces que saltan desde la pantalla se confunden con los gritos de las consignas, caen entre las parejas que se abrazan, se cruzan con el perro que pasa, con las bicicletas que piden vía. Y se enredan con el grito repetido y chillón de los vendedores ambulantes que ofrecen: paraguas, sombreros, la gafa oscura, banderas tricolores con escudo, periódicos; dulces, maní, chontaduro, manzanas, aguacates, agua, venenos con azúcar y paletas; cigarrillos, pitos y vuvuzelas.

Agazajos a la paz, UN

En los rostros hay emoción contenida y cierto miedo. La invención de la paz, que tiene tantos enemigos declarados y agazapados también asusta por lo incierta. Aquí nadie conoce tiempos de paz; ni los que hacen la guerra ni quienes la padecemos. Y es que no hemos tenido una sola guerra sino ocho, como bien las enumera el periodista Sergio Ocampo Madrid. Veo aquí caras curtidas de hombres y mujeres que reflejan esa tribulación. En el campo ha habido, desde que uno recuerda, las más crueles masacres y desplazamientos, terribles campos de detención, horrorosos cambuches para los secuestrados. Niños y niñas obligados a disparar, mujeres vejadas, poblados borrados por las bombas del cilindro y del avión, toda la piel social despedazada. En la memoria romántica, mientras las niñas encerradas jugaban con muñecas, los niños crecimos en la calle echando bala con palitos o con pistolas de agua, jugando a ser policía y ladrones; otros tuvieron soldaditos de plomo. Después, crecimos y el plomo de distintas marcas se nos vino encima, particularmente a los habitantes del campo. Jugábamos a la guerra, después la vivimos, y hoy por desgracia la aceptamos como un espectáculo cotidiano, anestesiados por el bombardeo de imágenes de la televisión. Todos, aun los que no han escuchado la bomba o el disparo cerca, tenemos el ojo dañado y el espíritu roto por las balas. Por eso aceptamos llamarnos ahora el “país del sangrado corazón”. Aquí, los familiares de los desaparecidos caminan como zombis de un lado para otro buscándolos, vivos o muertos, llevando en la mano una foto en blanco y negro. Mientras tanto, las madres de todos bordan las imágenes sus maridos e hijos, con paciencia y nobleza, dando cada puntada en la tela como ejercicio de perdón, pero no de olvido, y pidiendo justicia y reparación.

El presidente Santos saluda la generaciớn del post-conflicto
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l presidente Santos felicita a los soldados

Mi abuela, que era igualita a esas indias apaches que aparecían en las películas gringas, nostalgiaba la cocina de su casa campesina y una fonda para arrieros que tenía antes de la violencia, y contaba los horrores y sufrimientos padecidos durante de la guerra de los mil días; después, las persecuciones de los “pájaros” y las masacres desatadas a raíz del   asesinato de Gaitán. Ella no alcanzó a olvidar esas heridas del corazón, cuando empató con el tiempo de esta siniestra violencia que heredamos. También Carlos Zatizabal, profesor de teatro en la UN, narra la violencia  que le tocó padecer a su abuelo y reflexiona en su memoria: “Nuestro desafío como artistas es contribuir a construir la memoria poética de este conflicto, la épica vivida por los que han padecido el horror y por quienes han hecho la guerra. Debemos tejerla todos juntos, con todas las voces y todos los lenguajes. Una memoria que desate el nudo ciego de la guerra, que desarraigue de las mentes y los corazones el odio sembrado, los deseos de venganza, la profunda mutación cultural que se ha producido por tantos años de violencia del lenguaje y de vivo terror. Es necesario contarnos estas historias de horror vivido, para transformarlas en relatos y en poesía compartida. Porque ya sabemos que un pueblo -o alguien- que no conoce su historia está condenado a repetirla… Y la poesía -en todas las voces y todos los lenguajes- es la memoria que pervive, el juego que transmuta el dolor y el horror en canto, en fuerza para perseverar en la existencia, en los goces de la vida, en los misterios de la muerte…”

Las carpetas rojas del tratado se abren para la firma que consolida el acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP. Firman primero Humberto de la Calle e Iván Márquez, jefes de las delegaciones de paz de las partes. Después pasan a las manos de los representantes de los países garantes, Cuba y Noruega, y de los presidentes Nicolás Maduro de Venezuela y Michelle Bachelet de Chile. Esto ya no tiene reversa. La emoción crece en la calle y hay gritos, aplausos, y resbalan de lágrimas sobre las mejillas cuando el presidente Juan Manuel Santos y el jefe del Estado Mayor de las FARC-EP, Timoleón Jiménez, toman las respectivas carpetas con los acuerdos ya firmados y se acercan tendiéndose las manos. Raúl Castro entra al medio, une las manos de los dos dirigentes y las congela para la foto mundial. No se fuma allí la pipa de paz, pero el apretón de manos sella el compromiso para siempre. Inhalo profundo y pasó saliva pues tengo una especie de patacón en la garganta y los ojos húmedos. Disparo varias fotos y me muevo, nervioso como todos.

Alcancé a ver que para firmar se usaron sencillos bolígrafos de plástico azul; alguno firmó con su viejo Parker y otro con un simple Bic. El “balígrafo”, un esfero fabricado con un cartucho de fusil que se llevó para la ocasión, fue entregado por el presidente Juan Manuel Santos a “Timochenko” al quien el mandatario de los colombianos le señaló y leyó el texto escrito en su lomo: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro.” El jefe guerrillero le agradeció y lo guardó en el bolsillo del pecho de su guayabera blanca. En la mesa de la Habana, en esta calle lluviosa del centro de la capital, y en otras ciudades del país y del exterior se multiplicaron los abrazos y los besos de solidaridad y de esperanza. Todos tenemos los ojos llorosos y un estremecimiento recorre el cuerpo colectivo. Hay reflexión, pues cada quien lleva dentro su rollo, su video, recuerda la herida, conoce su palpito y sabe de su cicatriz. Rumi dice que “la cicatriz es el lugar por donde entra la luz.”

¡Juepucha, que emoción! Grita una muchacha a mi lado y me abraza. Yo la rodeo y siento que tiene espíritu de pajarita. La esperanza de todos es que a partir de hoy se silencien definitivamente los kalashnikov, que se empiecen a desenterrar las minas quiebra patas, se destruyan los misiles, se fundan los rifles, que sean los niños los primeros en regresar de esta guerra; y que los machetes solo se afilen para el trabajo del campo. Pasa un joven llevando una bandera negra con un logo desteñido e incierto; en su camiseta también negra tiene estampada la foto y una frase de Bob Dylan: « Cuando no tenés nada, no tenés nada que perder.” Me muevo al oeste y me instalo bajo la pantalla gigante para ver a la gente de frente. Los rostros elevados con los ojos brillantes y abiertos miran a la pantalla como si se tratara de una ventana hacia una aparición divina. El rito de paso entre guerreros continúa. Se elevan los brazos de todos, vuelan claveles blancos y más vivas: “Todas las voces, todas, todas las manos, todas, toda la sangre puede, ser canción en el viento. ¡Canta conmigo, canta, hermano americano, libera tu esperanza con un grito en la voz!”

Guerrilleros de las Farc en An tioquia
Guerrilleros de las Farc en Antioquia, Colombia

El profesor José Jairo Giraldo Gallo, de la Facultad de Ciencias de la UN, escribe en “wasap”: “Se inicia un proceso que puede ser más largo que la guerra misma: la construcción de la verdadera paz. La pregunta es: ¿Qué puedo aportar como ciudadano, no solo al fin de la guerra sino al inicio de la verdadera paz?  Mi interés no es dar respuesta a una pregunta con muchas alternativas de respuesta. Mi propósito es llamar la atención, porque hoy debería empezar para todos los colombianos y en particular para quienes mayor responsabilidad tenemos desde la educación, a todos los niveles, una nueva etapa precedida de una seria reflexión sobre el papel que nos corresponde jugar. No olvidemos que detrás de las fuerzas oscuras que le apuestan a la guerra están las « bandas criminales » y otros grupos armados, algunos de ellos también ideológicamente. Y que los diálogos con el ELN están todavía en « veremos ». ¿Cuál es el papel de la educación y de la pedagogía en el proceso de paz que se inicia? Creo que todas las disciplinas y profesiones podemos y debemos hacer el aporte que nos corresponde en este momento histórico.” En este sentido, y tras el anuncio del gobierno de que el acuerdo final de paz se sellaría en Colombia, el rector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, propuso que este acto histórico se realice aquí, “en el corazón de la universidad pública, para que simbolice el giro que todos debemos dar: dejar de lado la mentalidad de guerra, para darle apertura a la educación de calidad que construirá los cimientos de una Colombia prospera y en paz.” Estoy de acuerdo con esta propuesta pues creo que es la Alma Mater quien debe liderar este propósito, y aquí todo el cuerpo docente está listo para meter el hombro, como educadores y como parte de la sociedad civil.

Somos la generaciớn de la paz

 

“En vez de combates prefiero chocolates”, canta con su voz dulce Andrea Echeverry. ¡Queremos una paz bien rechimba, rechimba, rrarrarra! Grita una rapera a mi lado. Yo me quedo mirando la cúpula de la iglesia cercana donde descansan algunas palomas y escruto el cielo azul del solsticio para intentar descubrir algún augurio. Nada. Esta noche debo consultar el oráculo de los cambios, que es la única forma de hablar con los dioses ya que ellos viven muy ocupados. Entonces, escucho de nuevo en mi cabeza la voz de Mercedes Sosa: “Cantando al sol, como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente, que vuelve de la guerra. Tantas veces me borraron, tantas desaparecí, a mi propio entierro fui, solo y llorando. Hice un nudo del pañuelo, pero me olvidé después que no era la única vez y seguí cantando.  Cantando al sol, como la cigarra…”

Desde la Habana se conjuran los delirios, la pesadilla de la guerra, pero aquí la siembra del árbol de la paz apenas comienza y será necesario cultivarlo con amor, pues son muchos los que lo odian y sienten rabia al ver que el negocio de la guerra se les escapa de sus manos ensangrentadas. Jota Mario Arbeláez, quien señala que el nadaísmo aportó su cuota en este tratado ya que el doctor Humberto de la Calle Lombana fue nadaísta en su juventud, dice que “La paz, como el amor, no se hace sola, a cada uno le corresponde poner de su parte. Ponga lo suyo.” Ambos, en distintas trincheras, siguen fieles al espíritu del profeta Gonzalo Arango quien dijo: “Mi vanidad es sombra de fantasma, carece de importancia nacional. La fortuna que dejó la larga lucha a muerte con la nada es el silencio, la humildad; mi bolsa de valores llena de vacío, pero también de amor a los valores de la vida… Y ser nadaísta es también negar el Nadaísmo si ya no sirve a los poderes de la vida y el arte.”

¡Oh mi país! Grita Lilian Salazar, la colibrí de Pereira, desde la dimensión de los idos, cuando canta desde el corazón el bambuco del maestro Guillermo Calderón “¡Oh, mi país! algo que llevas dentro, que hace morir a fuego lento, cuando vuela en pedazos cada ciudad, cuando el veneno blanco se va esparciendo, cuando en tu nombre reina la impunidad, cuando tus hijos van desapareciendo, como duele ¡Oh mi país! ¡Oh mi país! pero algo en ti más fuerte, ha de crecer para tu suerte, es el cantar de la rosa del café, es el petróleo que hierve entre tus venas, es tu gente que no quiere más morir, es un clamor y un grito es Colombia entera. Es un canto de selva rugiente y plena, que no se deja, que no se deja cuando la vida hay que defenderla, es sonrisa de niño, ciudad vereda, sudor de hombre, mujer que espera, mi patria toda es Colombia entera.”

La paz es una ilusión política y un símbolo para la vida y la felicidad, pero debe surgir del compromiso de apaciguar los odios y hacer florecer

Ésta es una crớnica de Dioscớrides Pérez Bedoya, profesor titular, Universidad Nacional de Bogotá  (próximamente la tercera y última parte).

 

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