Cours de danses latines et de conversation en espagnol à Paris

El fin de la guerra, el principio de la paz por Dioscórides Pérez (3a parte)

Agazajos a la paz, UN

Esta es la tercera y última parte de la crónica- testimonio sobre la firma de la la paz en Colombia escrita por el profesor titular Dioscórides Pérez Bedoya (Universidad Nacional de Colombia).

La paz es una ilusión política y un símbolo para la vida y la felicidad, pero debe surgir del compromiso de apaciguar los odios y hacer florecer los corazones; desde el centro del pecho debe nacer la reconciliación y la flor de los afectos. Se necesitará mucho amor, voluntad, solidaridad y optimismo para lograr dar el próximo paso que es la refrendación en las urnas de los acuerdos. Una mujer bella y rapada se acerca me regala un clavel.

El celador de un almacén pega su radio transistor a la oreja para escuchar mejor lo que trasmiten. Un payaso llama a los transeúntes a pasar a un restaurante para degustar el “almuerzo ejecutivo” con tajada de maduro, el ajiaco con alcaparras o la carne asada con yuca. La venta de albóndigas vecina está a reventar de clientes jóvenes. El vendedor de aguacates los brilla con un trapo y promociona dos por el precio de uno. En el almacén contiguo, una señora se mide unos zapatos rojos de tacón. En la librería lateral varias personas ojean libros y revistas. Las mujeres que venden lotería vigilan su mercancía de ilusiones, cuyos quintos están pegados sobre tablas contra las paredes.

Un joven dibujante callejero intenta convencer a una muchacha para que se deje hacer un retrato a lápiz carbón; recostados al andén tiene unos cartones con dibujos de Shakira, el hijo de Vicente Fernández, García Márquez y Frida Kalo. El olor de la carne asada flota. La paz da hambre, la esperanza bosteza, algunos se marchan pero a la vez llega más gente ansiosa, ilusionada, expectante. Los oficinistas, que disfrutan su descanso del almuerzo, se detienen para ver el acto mientras chupan la crema de un cono o saborean un bombombum de lulo. Curioso y extraño que no haya un solo policía a la redonda, ni se vea la acostumbrada fila de hombres acorazados con escudos del ESMAD. Alguien grita que se deben iniciar de inmediato diálogos con las Entidades Prestadoras de Salud, la odiadas EPS, que son las que más muertos ponen en el país; todos lo aplauden. Que cese el fuego también el ELN, grita un grupo de mujeres. Guerra a las bandas criminales, grita un hombre maduro con vos herida.
Firma de la paz en la Habana

Cuando empieza a hablar el presidente Juan Manuel Santos, me marcho hacia la Plaza de Bolívar para ver que está sucediendo. Al amanecer escuché en la radio que la alcaldía colocaría allí pantallas y actuarían algunos cantantes. Hace exactamente diez y seis días, vine hasta aquí, mucho antes del amanecer, para participar junto a otros seis mil cuerpos desnudos en las fotografías   de Tunik. Para mí, se trataba de un performance artístico y una experiencia para el cuerpo real y el imaginado. No podía pues fallar a esta cita con la paz, que a pesar de ser un rito en streaming, parte en dos la historia del país, y es una prueba para la consciencia y el espíritu, en la que participo vestido de blanco. Me muevo entre las palomas que picotean el maíz pira que les arrojan los fotógrafos.

El escenario móvil y la pantalla están colocados sobre la Plaza, al frente de la Catedral primada, pero poca gente está detenida escuchando. Queda difícil en este espacio abierto y luminoso ver la imagen borrosa del presidente de la República, que está dando la largada a la marcha para la construcción de la paz. En primera fila hay un grupo ordenado de personas, vestidos con chalecos de dril y logo verde del INSOR, que los identifica como sordomudos; todos atienden al lenguaje de señas que hace una bella mujer instalada bajo la pantalla; el escenario electrónico y los hermosos gestos de la traductora configuran un verdadero performance del arte, que resignifica la mirada sobre la comunicación política.

Algunos jóvenes circulan recolectando firmas contra la paz. En el centro de la Plaza hay gente sentada y recostada contra el pedestal del Libertados Simón Bolívar, que sostiene unas palomas sobre su cabeza y en los hombros. Entre el público, hay un personaje singular, un artista de la calle, que camina entre la gente con su pinta de chaleco rotulado como “periodismo móvil”; lleva gafas oscuras y sus manos llenas de anillos ennegrecidos; tiene simpatía, voz de locutor, y su caja de dientes le da un aspecto de Pepe Cortisona. Finge bien de periodista y hace entrevistas llevando al hombro una caja de cartón acondicionada con un espejo, a manera de filmadora, donde el entrevistado se refleja; unas cajas alargadas amarradas con cauchos hacen de micrófono. Un periodista le sigue el juego a este “colega” y el hombre responde con claridad y muestra fotos recortadas de revistas, de Natalia Paris, Carlos Vives y Amparo Grisales, a quienes asegura que ya entrevistó. Este hombre no lo sabe, menos mal, pero su juego es un verdadero performance surrealista, y si entramos en su espejo es una acción profundamente crítica. Cuando el presidente Juan Manuel Santos termina su discurso, hay tímidos aplausos, que son ahogados por el grito de un hombre que en ese preciso momento arranca a correr por la plaza, espantando mil palomas, que vuelan en círculo sobre la plaza gris y húmeda. Ojalá este círculo de vuelo sea un buen augurio para todos. Disparo fotos y me abro para que pasen los sordomudos que corren huyendo de una llovizna, que desaparece tan repentinamente como llegó.

La paloma de la paz en Colombia

Regreso caminando a la Jiménez entre jóvenes, turistas y ciclistas. Una fiesta improvisada está empezando. Suena la cumbia y todos bailaban para celebrar este primer día de la paz: “Cantando, cantando yo viviré, Colombia tierra querida”. Tomo fotos de jóvenes de ambos sexos quienes, con sonrisas optimistas empiezan a tirarle rumba a esta paz que ya está sembraba en el corazón de todos. Un grupo de mujeres puso sobre el piso las fotos amarillentas de sus familiares desaparecidos, sobre un pendón que reza: “Homenaje a las madres y a las víctimas de la desaparición forzada. En el centro de las “cincuenta” fotos está el rostro y nombre de Nidia Erika Bautista, militante del M19, víctima de desaparición forzada hace ya 27 hace años. Sobre mi cabeza se extiende una bandera muy ancha que nos cobija a todos pues debe tener unos cien metros de larga; la tela tricolor está llena de mensajes escritos a mano, nombres, historias y fechas de los desaparecidos. También hay una tela blanca muy larga, tirada sobre la calle a lo largo del andén, donde los asistentes escriben sus mensajes y dibujan palomas.

Me arrodillo y con un marcador azul escribo el texto de la cita mediática que me trajo aquí, un “meme” puesto en Facebook por la teatrera de la Candelaria, Patricia Ariza, desde la Habana: ¡Ni un tiro más!, artistas por la paz¨. Un devoto de Krisna, envuelto en su bata color salmón, me acompaña y dibuja el mantra OM. A mi lado, instala su bicicleta un hombre viejo y curtido por el camino de la vida. Su “burra” trochera está engallada y llena de letreros; desde el galápago, con bandera cubana en lata, sale un tubo con una bandera de Cuba; es un personaje extraño, de chaleco rojo, barba blanca peluqueada y boina azul, que como el entrevistador de la Plaza, debe cargar a su espalda y en el corazón una historia de película. Este personaje, que parece deambular con un propósito poético, lleva en su manubrio un gran letrero en cartulina con paloma dibujada que reza: “Tu odio nunca será mejor que la paz. Que nuestras armas sean las ideas”.

Les artistes marchent nusLa marcha de los artistas por la paz

No he visto más de seis caras conocidas entre la multitud: Víctor Viviezcas, profesor de Artes Vivas en la UN, la sonriente y bella Carmen cronopia dueña del café Nicanor, Leoncio Rincón que filma todo, un arquitecto cuyo nombre olvido, Ana María Herrera, la bailarina con quien coincidí desnudo en la cita con Tunik, y dos bellas alumnas con tatuajes de colores. Pero en estos momentos de alegría todos los que nos miramos a los ojos parecemos reconocernos como amigos: sonreímos dichosos pues nos ha caído encima la epifanía de la paz. Mientras intento salir del nudo de la celebración, choco con Andrómeda, una niña que tiene además apellido de vía láctea y que lleva en su rostro y cuello una constelación de lunares. Le disparo una foto a ella y a su acompañante y me despiden con abrazos y sonrisas. Un abuelo, que sostiene un cartel reclamando justicia y reparación, me confunde con un periodista por las notas que tomo; entonces se me acerca y me dice con tono pedagógico y rabioso: « Escriba usted: Colombia patria santa, bendita y sagrada; pero maldita y desgraciada gracias a quienes la gobiernan y dirigen ». Me lo repite tres veces para que no lo olvide. Lo anoto enseguida en mi hoja de notas, que está convertida en un dibujo porque las gotas de lluvia diluyeron las palabras de tinta transformándolas en un oráculo de sombras, de extraños animales. Me despido y dejo el clavel en sus manos.

 

Hay un cantante en la pantalla; bajo ella Hollman Morris da una entrevista para Telesur. Contra la pared que sostiene las placas de piedra conmemorativas de la caída en este sitio de Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de Abril de 1948, hay una rueda de icopor que sostiene un ramo de rosas ya marchitas hace tiempo. Allí, un hombre de edad se hace tomar una foto con un ramo de claveles blancos en la mano, mientras unos jóvenes se inventan una entrevista. Abandono el lugar y camino hacia el norte por la séptima peatonal hasta llegar al parque Santander. Las estatuas humanas, vestidas de robots o pintadas de color plata, hacen piruetas para impresionar a los niños que les echan monedas en sus tarros de lata. La lluvia ha cesado, el sol brilla prometiendo un caluroso primer día de paz en la sabana. Bajo por la calle 16, la vía de los libreros piratas, cruzo frente al Café St. Moritz, del cual sale humo y un vaho amargo, y entro a un restaurante italiano cuyo  cartel callejero anuncia con tiza una sopa de verduras y una tajada de merluza con zanahoria y habichuelas; me dieron también tiramisú. Salgo y bajo hacia el mercado vespertino de las pulgas de la décima. Cotizo y hago sonar una campana de hierro, recién fundida y oxidada con orines, cuyo cuerpo tiene un relieve de borlas y laureles rodeando la fecha de 1810. Su sonido es ronco y oscuro. Recuerdo que en la edad media, a la colada hiriente del bronce destinada a la campana le arrojaban una doncella para que su sangre virgen le diera brillo y timbre luminoso. Sin saber para qué, compro un cuero de conejo de color caramelo, que seguramente perteneció al cuello de algún abrigo de mujer. Es media tarde; subo a un bus que toma la ruta hacia la Universidad.

Que nuestras armas sean las ideas

Cuando llego al taller, que esta frente al campus, abro el correo y entro al inquilinato de Facebook. Encuentro allí la publicación de mi compañera de performance, la artista Claudia 3 RRR, quien desde Buenos Aires me envía las fotos de su acción de nostalgia para la paz. En las imágenes en blanco y negro, performa vestida con un traje negro que ella misma cosió con alfileres y puntillas; usa tierra que bautiza como sagrada y lleva una talega de tela llena con sus lágrimas bordadas con hilo rojo. Desde esa lejanía, donde ahora ataca el invierno, grita: “Soy una llorona. Quiero alimentar ríos y mares con mis lágrimas de felicidad. Declaro que mi tristeza no es sólo mía, mi tristeza hoy está llena de alegría que ojalá sea también la de muchas personas. Mi abuelita Elena « bella mujer sin tierra y desterrada », me enseñó a afilar los dientes, a roer huesos cocinados, a llegar hasta el tuétano y a disfrutar su sabor, sin asco, con empeño y mucha saliva. Que sigan los abrazos y la gratitud por esta vida que nos encuentra y nos contextualiza”.

La hermosa negra, yoga-performer venezolana Adriana Rondón- Rivero, también me escribió desde USA, anunciando que “para celebrar la paz con ustedes, sus mercedes queridas, estoy bailando la cumbia en Denver”. Echo agua hirviendo sobre hojas de té de la montaña verde y tomo lentamente sorbos de paisaje chino. Tengo también un mensaje de mi amiga, la pintora venezolana Consuelo Méndez, quien cuida en su casa de Caracas su altar con imágenes de bulto de santos y de orichas; ella envía las palabras de la poeta Milena Rodríguez Gutiérrez, que me parecen oportunas para ilustrar lo que imagino es esa angustia incierta que tienen las guerreras, en la ciudad o en el monte, cuando se enfrentan a la realidad vacía de este acuerdo político: “A mí déjenme sola en mi jaula: voy a sentarme, a morder mi corazón despacio, bien despacio, para no tener nunca, que volver a salir de cacería.”

Un amigo usa las palabras de una carta-testamento de Orlando Fals Borda, que dibujan la desazón, la angustia y la esperanza vividas y sentidas en Colombia: “Por eso mis colegas y amigos, esta es mi mayor frustración como sociólogo y como ser humano. Pasé toda mi vida en guerras múltiples, a veces deformadas, o sufriendo sus trágicas consecuencias, tratando de entenderlas y explicarlas, combatiendo el belicismo, con ideas, propuestas y algo de malicia indígena”. (…) “El esfuerzo de reconstruir nuestra sociedad y el ethos de tolerancia y paz queda ahora en las manos y en los corazones de las nuevas generaciones, que veo más aptas, liberadas, informadas e imaginativas que la mía. Las guerras, la intolerancia, la estulticia gobernante deben terminar en esas buenas manos.” En contraste, la poeta de la selva, María Cecilia Sánchez, echa por hoy sus convicciones políticas en un cajón, y considera oportuno elevar en silencio una meditación budista llamada “las cuatro moradas de Brahma” o los cuatro deseos inconmensurables: “Que todos los seres sean felices, que todos los seres se liberen del sufrimiento, que nadie sea desposeído de su felicidad, que todos los seres logren ecuanimidad, libres de odio y de apego.”
Camino hacia la paz

Matador, el caricaturista de Pereira, publica un dibujo donde aparece una paloma de la paz, que lee con lágrima de cocodrilo tres líneas de Gabriel García Márquez adaptadas por él para la firma del acuerdo: “Y todo lo escrito en los acuerdos de paz era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cincuenta años de guerra tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.” El caricaturista debió sacar la cita, sino estoy mal, del momento en que Aureliano Babilonio intenta descifrar los pergaminos, que preveían “que la ciudad de los espejos sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres.”

El profesor Gabriel Restrepo, desde su retiro de ermitaño en Arauquita, zona que acaba de ser declarada como jurisdicción de paz destinada a recibir un contingente guerrillero, observa los augurios celestes y describe su visión: “Por el portal de Stonenhage entró la luz de una primera promesa de paz: bendita conjunción. Los númenes sostengan esas frágiles columnas. Y ahora que comenzarán a callar las bocas de los fusiles, que hablen las lenguas; y que como en el verso de Hölderlin, ahora que somos un solo diálogo, nos escuchemos los unos a los otros; y que se empiece a reconocer que las violencias de los montes anidan en la llaneza de los andenes y en los resquicios de academias, burocracias, familias, instituciones. Y que entonces se admita que los desaparecidos y los desplazados son en metáfora cien veces más que los contados por efectos físicos; y que las violencias de las almas son inenarrables, pues los acuerdos de paz no han rozado siquiera la condición rocosa de nuestras pasiones tristes, soberbias, envidiosas e iracundas.” Julio Cortázar dice que “las reflexiones sobre el surgir de un nuevo estado llevaron a Thomas Mann a señalar que: Las cosas estarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin. Sorbo lentamente el agua de montaña y pienso en ese círculo de piedras que el sol atraviesa en todos los solsticios para marcar el punto amarillo de las cosechas, ese que incita a los hombres a la locura de los ritos paganos de retorno a la naturaleza; e imagino la vida en verso que inventa Hölderlin durante su locura solitaria en la torre de Tubinga: “El hombre cuando ama es un sol que todo lo ve y todo lo transfigura.”
Firma de la paz un momento de regocijo

Lau lao, consigna su observación de la Plaza, donde la creí ver cruzar fugazmente, quizás desnuda y seria o talvez vestida y sonriente: “Hoy he visto a la gente criticar lo que pasa, he visto una plaza de Bolívar vacía y a la vez llena de indiferencia. Vi gente decir que esa paz no existe, escuché decir que era mentira, que ahora estamos en manos de la guerrilla, y hasta me ofrecieron firmar en contra de la paz y a favor de una resistencia civil amparada en el odio y el rencor. Y entonces de nuevo el temor. Porque el que esté o no de acuerdo con un proceso de paz no me hace “santista” ni “uribista”; nada más lejos de eso. No quiero que la ignorancia y la desinformación sigan siendo el pan nuestro de cada día. No quiero vivir más en un país así.” Diana Uribe, monta en el inquilinato de la red un video didáctico con su voz de profesora de historia y dibujitos de cartulina, para hacer un llamado a todos: “No más odio ni venganza. Liberemos a las personas que no han nacido de una violencia que no les corresponde. Entonces… desde esta Colombia sufrida y amada: ¡Dejemos de matarnos. com!”

Cae el sol detrás de los cerros de Mosquera y la ciudad se tiñe por un momento de ese luminoso color azafrán ya registrado en las postales. Se acaba el día del Solsticio y llega la misteriosa noche en que se prolongan los ritos de San Juan. “Es tiempo para entrar en el mar, confiando en que sus aguas saladas, purificarán y darán paz interior y alegría a los corazones”. Es hora de encender el fuego del verano en las praderas para despertar la pasión y los buenos propósitos en el cuerpo y el espíritu. Dicen nuestros chamanes que es el momento para mambear y usar la palabra bonita en el arte de cantar-contar-enseñar para no olvidar de dónde venimos, qué tierra nos acoge, reconocer a la madre naturaleza que nos cobija y a los espíritus que nos protegen; es momento de escuchar qué aconsejan los antepasados, que dice la voz ronca y roja de las piedras talladas y pintadas. En ese sentido, el amigo Keshava Lievano, el conocido “Chef Guevara”, hace una pausa en su cocina temática para enviar un “meme” con  las palabras de María Montessori para los que vivimos fuera de la selva: “Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con los otros, ese día estaremos educando para la paz”. Leo también las palabras de Fernando Rendón, que escribe desde el corazón del Festival Internacional de Poesía que dirige en Medellín. El poeta, sabiendo que la paz es una invención metafórica individual, vaticina: “Vendrá la paz y tendrá tu mirada”. Yo me pregunto: ¿Cuál mirada; la de ella, la de mi espejo? Ambas, las tres, me dice una cuarta voz interior. Los espejos son para no verse, decía la teatrera Dina Moscovich.
Educar para la paz

Avanza la oscuridad mientras trato de ordenar mi bitácora-dibujo del primer día de la paz. Mi mirada va hacia los cerros occidentales, y se extiende más allá de los nevados hacia la montaña negra familiar; se desplaza sobre sobre los pueblos, sobre la selva oscura, sobre las venas de los ríos, sobre la indefensa fauna y la rica flora del país. Y entonces me recorre el cuerpo una inquietud que se me acomoda dolorosamente en el ombligo. “Lo que se firmó   hoy es hermoso y conmovedor hasta el tuétano pero ni Santos es Mandela ni las FARC son Robín Hood, y hay otros buitres que acechan para llevarse nuestros ríos, nuestra risa y hasta nuestra memoria” me  dice Mónica Valdés. Mario Pinzón Espinel, se levanta el sombrero y se alegra de que termine la guerra entre el Estado y las FARC e invoca lo mismo para el ELN y los paramilitares. Pide “Que cese la guerra del Estado contra las plantas sagradas, alimenticias y medicinales, como la coca, la amapola y la marihuana, guerra causante del narcotráfico.” Es indignante, que  mientras los Estados Unidos nos envían bombas, balas y veneno para erradicarlas, ellos las cultivan, las venden y las consumen para recreación y como medicina. Pinzón Espinel, pone un colofón a su petición, abogando por “la pronta terminación del dominio del egoísmo sobre el altruismo” una reflexión bioética y biotópica urgente, ahora que la paz abre el territorio, desde costas hasta la selva, a un desarrollo que expone los recursos naturales del país a la voracidad propia y de las multinacionales. Esto pone en estado de alerta a quienes abogamos por la supervivencia de todos los seres vivos en la conservación del equilibro de los ecosistemas, del que deriva un equilibrio social, condición necesaria para la paz.

Sale una luna menguando, que hacía 70 años no coincidía con el solsticio de verano e ilumina los círculos de danza en los bosques y entre las piedras sagradas. Empiezan los ritos y se abren los oráculos. Cambio mi té verde por una pócima de lotos, enciendo una vela y una varilla de incienso de sándalo, inhalo profundo y froto entre mis manos las tres gastadas monedas chinas de bronce. Las aprecio mucho pues las conseguí hace 34 años en una excavación en la Gran Muralla. Concentro mi pregunta sobre el proceso de paz y su mutación. Arrojo seis veces las monedas y dibujo las doce líneas enteras y rotas de dos hexagramas, que señalan desde el bakua: el cielo, el lago y la tierra. Abro el I ching de Wilhelm y me asombra sobremanera la respuesta que marca progreso y éxito: el primer hexagrama es Lu, el porte, la pisada, el camino,   que muta hacia Lin, El acercamiento. Pero, lo más interesante de esta respuesta es observar que a Lu le sigue el hexagrama Tai, la paz, que indica “el movimiento en que los contarios se comunican y se unen en íntima armonía. De ello emana la paz y bendición para todos los seres. Se trata de una época de concordia social en la que la condescendencia y los sentimientos amistosos entre contarios dan término a la contienda.” No puede haberse configurado una trinidad más venturosa entre el ahora y su mutación. Lu marca el encuentro directo entre lo fuerte y lo débil: “Una situación difícil, riesgosa, pero existe la fuerza necesaria para llevarla a cabo.” Aunque lo débil se permita el riesgo fatal de “pisar la cola al tigre” este es cauto y no se irrita. Perseverancia con conciencia del peligro es la clave de la pisada. “Si uno se ve forzado a adoptar un porte resuelto, a pisar con decisión, únicamente la conciencia del peligro hace posible el éxito.” Este hexagrama muta hacia Lin, El acercamiento que significa la condescendencia de un superior para con el pueblo. El acercamiento promete éxito si hay perseverancia. ”Ojo, “al llegar al octavo mes habrá desventura.” Pero, si uno se enfrenta con el mal antes de que este se manifieste puede llegar a dominarlo. “Así el noble es inagotable en su intención de enseñar. Tan insondable como parece la profundidad del lago es de inagotable la solicitud del sabio para instruir a los hombres.”
Llevar el peligro con conciencia de paz Paz con conciencia

La vela, el incienso y el té se agotan. Han pasado dos horas y cuarto después de medianoche. Me obligo a acostarme pues soy vampiro diurno y acostumbro cancelar el día mucho antes de la hora de la cenicienta. Cierro la máquina, corto el wifi y paso la aldaba. En ese momento veo sobre la mesa la tarjeta azul que me envió María Elvira Ardila desde el MAMBO; olvidé por completo su invitación para recibir esta noche el libro que publicaron con las obras de los artistas de la colección. El día ha sido muy intenso; ya pasaré con calma a recogerlo. Caigo como una piedra y ruedo en sueños. Camino sobre una especie de paño lency verde claro, una superficie liza como una mesa de billar. Veo venir hacia mí un coche de madera, un juguete de niño que choca con mi pie izquierdo y me hace dar una vuelta de veleta sobre mi pie derecho. Antes de que pueda pensar de que se trata, escucho la voz de la mujer que trabaja como alarma dentro de mi celular flecha: “Es hora de levantarse, son las cinco en punto, es hora de levantarse”…Voy como un zombi al baño y regreso rezombi a la cama. “Es hora de levantarse”, repite insistentemente la mujer, “son las cinco y veinte.” Ciego, confundido, sostengo un banano en la mano derecha mientras escucho el canto insistente de las mirlas que me sacan de la oscuridad. Abro los ojos y veo pasar a través de la cortina de la ventana una luz blanca esmerilada, pálida como el papel de seda de las cometas. El banano desaparece cuando me echo agua en la cara, la coronilla y la nuca. Me pongo la sudadera, bajo al trote las escaleras, monto en la bicicleta   y salgo rumbo al bosque de urapanes del campus. Allí, desde hace 31 años repinto con mis pasos un círculo que dibujé con mi pisada sobre la grama para encerrar mi práctica lenta de taichí, un arte marcial interno, una meditación que prepara el cuerpo y el espíritu para la batalla contra sí mismo. “La paz empieza por mí.”

La paz empieza por miLa paz empieza por mi

« Sólo le pido a Dios”

Sólo le pido a Dios

que el dolor no me sea indiferente,

que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente,
que no me abofeteen la otra mejilla
después que una garra me arañó esta suerte.

Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.

Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea indiferente
si un traidor puede más que unos cuantos,
que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea indiferente.

Canción de Mercedes Sosa.

Vous êtes la vérité

 

Fin

 

 

 

 

 

 

 

Dioscórides

Profesor Titular. Universidad Nacional de Colombia.

Texto en proceso/ junio 23 de 2016. Bogotá.

Muro de las memorias

Proyecto 130 años Escuela de Artes Plásticas

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